Galería López Quiroga

Fugas

Miro pasar. Son dos, tres, cuatro personas. Y una aparición: un reflejo que nace de la velocidad. O de la lentitud. Todo está en orden. El ritmo natural de la prisa, la puerta abatible, de dos hojas, la lonchería. El espejo condenado a repetir los mismos gestos, rostros, los mismos tiempos. En la otra acera, al frente, alguien observa. Espía. Y alcanza a ver con claridad lo que a nosotros nos ha sido negado.

Son los años cincuenta. Finales de los años cincuenta. Los sombreros de fieltro aún tienen carta de residencia. Los pantalones flojos, dejados caer como si nada. Las camisas, si más justas, mejor. Y el saco del diario, y la corbata y la premura que ya anunciaba el furor del desquiciamiento contra reloj. Pero el recato, todavía el recato y la modosa atmósfera de quien respira en calma.

Mi padre vive en la capital, en la Ciudad de México. En República del Salvador, donde abundan los fotógrafos. Suele caminar por esas calles tan suyas, deteniéndose a cada rato. Le encanta mirar los aparadores. Dice que en uno de ellos presintió el rostro de mi madre. Dice que allí fue su primer encuentro. Que fue la primera fuga de sí, de su cordura.

Eran dos, tres, cuatro personas. Y una aparición. De todo eso, sólo persiste el instante en la mirada, sólo el aroma del milagro que resucitó a mis padres: para que se encontraran en un siglo que es otro y es tan hoy como el hechizo de la gracia. Sólo queda el aliento de la epifanía. Sólo la luz no usada. Y dos fantasmas tomados de la mano.


Francisco Magaña.
Pueblo Nuevo de San Isidro Labrador.
Año de Dios.

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